…La ciudad se está desmoronando,
no puede durar mucho más;
foto3Su tiempo ha pasado. Es demasiado vieja…

Le Corbusier

Ya hace 4 décadas que vio la luz el libro Colombia amarga, texto elaborado por aquel egregio periodista German castro Caicedo y que con el correr de los años se ha convertido en documento de obligatoria consulta, desde las clases de lenguaje en las instituciones educativas, hasta las facultades de comunicación; la trascendencia de esta colección de reportajes que sintetizan el primer ciclo profesional del autor de temprana “canas” y que según el mismo es “un testimonio personal y amargo del itinerario por la geografía nacional”, expone una radiografía frustrante sobre la forma como aflora esa especie de maleza inatajable, igual que el retamo espinoso que invadió la sabana. Ese periodo de violencias estructurales en el cual se forjaría lo que se nos presenta como la Colombia reciente.


Más allá de los cuestionamientos que suscite la persona que encarna Castro Caicedo, su afición a la tauromaquia, su vínculo intrínseco con el grupo planeta, su estética ampulosa y repetitiva o su posible apología a la estrategia Estatal en su fútil lucha contra la insurgencia, o reconocer, en cambio, su situación de desbrozador del tipo de crónica “arriesgada” que ha hecho afortunado camino en plumas como las de Alfredo Molano y Jorge Enrique Botero, lo realmente importante de la masificada obra de Caycedo es su incontestable vigencia, los axiomas indignados, con los que sin ser un revolucionario, develaba el carácter de un establecimiento elitista, dependiente, criminal y oprobioso, denunciando una condena que persiste y que antes de mermar profundiza sus raíces bajo los pies de unas mayorías explotadas, marginadas y sobornadas que impávidas sostienen el peso del régimen instalado en la cima de la tragedia.
Y esa permanencia temporal, tiene un asidero especial: la ciudad de Bogotá, que al igual que muchas regiones del país permanece en condición de amargura, por las mismas razones que esgrimía, allá en la década de los 70, Caicedo. Pero esta aflicción profunda no es una responsabilidad de todos, cómo pretenden las cándidas versiones del mass media. La amargura del país es consecuencia directa de la manera como las clases dominantes han configurado este “suelo patrio”, en un juego desigual en el que la victoria de unos pocos es el correlato de la derrota estrepitosa de muchos
Violencia, la endemia heredada.
Sin escrutar en muchas estadísticas, oficiales o independientes, podemos coincidir en que Bogotá es una ciudad violenta, pero esta afirmación seria vacía sin resaltar que esa endemia es tal por cuanto es un territorio profundamente segmentado y segregado, entendiendo esta segregación como la imposibilidad sostenida por millones de personas de acceder al conjunto de beneficios, materiales e inmateriales, que ofrece una ciudad, discriminando aquel acceso a una porción reducida de sus habitantes. De igual forma la segmentación evidencia que un grupo importante de seres humanos no tiene satisfecha las necesidades básicas, por tanto no son sujetos de derecho. Esta situación la confirma planeación distrital por medio de un estudio publicado en el 2013, que señala claramente que las localidades más segregadas son Usme, ciudad Bolívar y Bosa, seguidas de cerca por Rafael Uribe y san Cristóbal; es decir que un espacio donde 4 millones de personas, aproximadamente, desarrollan su vida, se habita en condiciones de marginalidad.
¿Y su relación directa? La violencia en múltiples manifestaciones, intrafamiliar, contra la niñez, contra la mujer, contra la naturaleza, proliferación de focos de distribución de todo tipo de drogas, consolidación de pandillas juveniles (cerca de mil según datos oficiales). El no futuro en punto de efervescencia.
La segmentación real de la ciudad impide que sea materia amplia de discusión en la opinión pública, exceptuando las circunstancias en las que algunos hijos de la exclusión son víctimas o victimarios y se convierten en cifras insulsas; solo quienes vivimos por estos bordes, donde el fruto no nace pa semilla, contemplamos con franca impotencia la violencia cotidiana, a la cual se le agrega la estatal que con su ausencia institucional auto promueve su presencia coercitiva; policías que transitan como quien surca un campo de batalla, en el que el enemigo es la población misma. Doctrina de seguridad trasladada a las calles.
La endemia se reproduce como virus inatajable, en una espiral que no ubica salida y se lleva a diario los prescindibles, los que nadie llora, ¿porque para que llorar a quien nació sin querer y sobre todo sin poder? Dice un abuelo poeta. Así las cosas volvemos al punto crítico de la amargura: la pobreza siempre engendra violencia y a su vez la violencia se erige en una muralla que impide salir a su progenitora. Aquella vieja consigna de los suburbios neoyorquinos se vuelve carne viva… sin ningún derecho no nos pidan jamás vivir en paz.
Prolongación de los padecimientos humanos, la naturaleza expoliada.
El caótico crecimiento de la sabana de Bogotá necesariamente tenía que traducirse en un desastre ecológico; es cierto que Bogotá guarda una deuda histórica con la sub cuenca del rio Tunjuelo, por la instalación nefasta y abominable del parque industrial minero es su ronda, que, entre tantas aberraciones, desvió su cauce en 3 oportunidades. Pero realmente no es Bogotá, sino quienes realmente se beneficiaron de la anárquica expansión urbana: el sector inmobiliario, el sector financiero, el sector minero, los que tienen un déficit económico, político y ético con los 8 millones de personas que vivimos en la sabana.
Tienen deudas quienes han convertido el rio Bogotá, que es parte de la estructura socio ambiental de la ciudad y la región, en la mayor alcantarilla abierta del país, desde las empresas que vierten sus residuos en su parte alta, pasando por las industria de las flores, curtiembres y cultivos extensivos que utilizan su cauce como sistema improvisado de riego, las industrias que arrojan sus desperdicios para ser arrastrados por las corrientes en la parte media y baja y el sistema de alcantarillado que no ha construido un modelo de gestión coherente con la sostenibilidad hídrica del distrito.
También adeudan quienes convirtieron los cerros orientales en renta, emprendedores de raza fina” que constatando sus condiciones excepcionales transformaron la biodiversidad en el uno de los suelos más caros del país. Ellos , que modificaron radicalmente el paisaje de nuestro corredor natural, introduciendo especies exógenas como el pino y eucalipto, con la aquiescencia de las autoridades ambientales, que las juzgaron propicias para “embellecer los cerros” y estabilizar sus suelos, pero que a la postre se convirtió en el segundo problema más delicado, después de la urbanización descarada, que afronta dicho borde. De nuevo ganan los mismos y perdimos los de siempre, como vencieron aquellos que extendieron el borde occidental de la ciudad, llevándose por delante el 90% de los humedales.
Y no puede concluir este pliego acusador sin mencionar la actividad extractiva que supervive, principalmente en el borde sur, como agente principal de riesgo, que atenta contra sus pobladores, humanos y no humanos. Según algunos estudios, los 50 años de actividad minera han dejado una huella indeleble y nefasta sobre el croquis capitalino; ha deteriorado la estructura ambiental, a tal punto que ecosistemas acuáticos y terrestres de la cuenca del rio Tunjuelo, que ha visto desviado su cauce en 3 oportunidades distintas, han desaparecido en la práctica, en tanto su capacidad de regeneración se ha socavado casi por completo; igualmente sucede con el frágil ecosistema de alta montaña que intenta resistir al paso devastador de ladrilleras, asfalteras, polígonos de explotación y el crecimiento caótico de la ciudad. Estabilizando taludes, restaurando capas vegetativas, amortiguando impactos y retornando parte de sus derechos a la comunidad afectada, el distrito, de los impuestos que recauda a cada habitante de la ciudad, ha tenido que invertir la inmodesta suma de 11mil millones de pesos, solamente entre 1997 y 2007.
Dicen los que saben que la naturaleza no respeta los límites arbitrarios del ser humano, pues funciona como una red, sistema o totalidad complementaria que conecta cada uno de sus factores, de tal forma que si alguno se altera los otros experimentan irremediablemente modificaciones profundas. Y no es necesario ser un experto para extraer dicha conclusión, basta con evidenciar que si, por ejemplo, la cuenca media del Tunjuelo soporta la existencia de una mina a cielo abierto, su valle aluvial y desembocadura en rio Bogotá no va a contener agua cristalina.
Semillas de fruto turbio.
“como en todo el tercer mundo, nuestras ciudades crecen inconteniblemente. Pero del panorama de problemas que genera este urbanismo alocado, en Colombia tal vez lo más oscuro es el futuro de la niñez que se aventura diariamente en nuestras calles”.
Cuando se intentó acabar artificialmente con la tristemente célebre calle del cartucho o, más recientemente, se interviene “integralmente” la calle del Bronx siempre se está pensado en lo mismo, desde el despacho de la casa Liévano: reducir la pobreza absoluta a cero, o en su defecto encubrirá. Según el Dane (vaya fuente) en 2002 la incidencia del flagelo llegaba a ser el 31,8 por ciento, mientras en 2011 bajó al 13,1 quienes se encuentran en completa pobreza. Lo que es reconocido como un gran logro en la política social de las últimas administraciones, deja al margen una condición estructural de la ciudad: el abandono calculado de un número importantes de niños y jóvenes que habitan la calle.
Y eso teniendo en cuenta que una tercera parte de los sin techo no superan los 16 años de edad, y viven entre el hurto, la prostitución o a la mendicidad. No es muy prometedora la meta de disminuir los índices de pobreza absoluta, fenómeno asociado al consumo de drogas altamente adictivas como el bazuco, si se aumenta el número de niños y jóvenes en esta situación. “el bazuco es el mismo diablo” me decía un beneficiario del programa de idipron “y el infierno está en la L”, concluía. Así de complejo es el asunto, si se le aplica una racionalidad básica. “el Bronx es el negocio más rentable, mejor que un banco”, ¿por qué?, por la sencilla razón de que cumple con todos los requerimientos que cualquier empresa envidiaría: una demanda estable y en aumento, un lugar seguro de aprovisionamiento, una red de comercio ágil y eficiente, un producto que ofrece un margen de ganancia mayor al 50% y posibilidades de expansión desbordantes.
Estas condiciones se abalanzan violentamente sobre la población más joven de los sectores populares; sus barrios se han convertido en terreno fértil para la inversión maldita”, que automáticamente transforma sus calles en asfalto de crimen y degradación. ¡Ya no más escobares enviando cargas inmensas de coca al exterior, ni carteles del valle “llenando de perico la nariz del gringo”!; ahora el negocio se instaló acá y es mucho más rentable y menos arriesgado, los “moscos”, “homeros”, “mosquitos”; “las taquillas” y “los sayas” son el edifico del dinero negro; poderosas estructuras delincuenciales que perfectamente pueden recaudar 400 millones de pesos en 24 horas ininterrumpidas de venta, de todo tipo de sustancias, con sus ramificaciones anexas: armas, electrodomésticos, y todo lo que vaya saliendo de las manos del pillo.
Sin duda estas generaciones habitan con la dinamita encendida al lado del hogar, aupados por un Estado anémico y doble moralista que engrana todo su aparato sobre el consumidor, dejando intacto el origen del flagelo. En este punto, los jóvenes de barrio están “entre la lámina del vicioso y el bolillo de la ley”; no nacer para semilla parece hoy la puerta abierta después de salir de casa.
Un botín llamado Estado
“Hay un botín llamado Estado… Los millones que unos pocos aportan a sus arcas han enriquecido a un grupo definido de personas que pugnan en una lucha voraz y descarada por llegar hasta ello”.

Una imagen catastrófica de lo que refleja hoy la política, una rivalidad de castas por acceder a los beneficios públicos que oferta la dirección de la administración pública.
Discutir esto parecería llover sobre mojado, porque montar en un bus, durante el periodo moreno, ingresar a un hospital de la red pública, beneficiarse de algún programa sectorial o inclusive ver la minuta de provisiones de una IED, empíricamente nos lleva a la misma conclusión: se están robando la pata. Y aunque parezca perogrullada, no debe estás distante de la reflexión sobre lo público.
La pesadilla del carrusel no es una deshonrosa excepción en el manejo del erario. Por el contrario, es una expresión descarada de la relación “público- privada” tan alabada por el neoliberalismo. Y no es simplemente una cuestión de ladrones de cuello blanco, sino de un problema instalado en la medula institucional del Estado Colombiano; todo el andamiaje legal se diseña para eso, hacer negocio turbio o transparente. La contratación se ciñe a un marco que solo permite que un grupo muy reducido de consorcios puedan efectuarlo. Una especie de carrusel aceptado y reglamentado, que carcome y desdibuja la función administrativa.
La usufructuacion del gasto público se encuentra naturalizada y “rebajarlo a sus justas proporciones” parecería lo único sensato para las elites. Durante la administración de Gustavo petro se intentó manejar, de forma improvisada y ligera, la contratación estatal, sin embargo los esfuerzos fueron infructuosos, porque según los tecnócratas no se puede pasar por encima de la ley, del dinero por su puesto, y una reforma, por mínima que sea, no es bien venida en el clan de buenas costumbres de los grandes contratistas del país.
Bogotá es capital de servicios y hogar del 20% de la población nacional, es por tanto un banquete envidiable y terreno inmejorable para el libre mercado, que como sabemos no es tan libre. Bastaría mirar la hecatombe en que se transformó el intento de desprivatizar una porción del manejo de la los residuos en Bogotá. Hasta las basuras resultan tener sultanes en el distrito.

Salir del desconsuelo
Un universo de problemas de la magnitud que nos presenta la Ciudad parecería irresoluble, sin embargo hallamos en el trasegar variadas iniciativas colectivas que avizoran un territorio de vida menos astringente y más benévola con la mayoría de los pobladores. La mesa ambiental no le saque la piedra a la montaña retoma el debate sobre la minería en Ciudad Bolívar, a tal punto que contribuye al cierre temporal de una cantera en el sector de potosí; la mesa de cerros plantea fórmulas para el pacto de borde oriental, con una mirada activa, participativa, integral y deliberante; organizaciones juveniles confrontan sus calles con expresiones culturales que proporcionan una vía alterna a la delincuencia. Crece la audiencia, la indignación aflora, rebosa la movilización social y las propuestas se decantan; las voces proliferan exigiendo que nos devuelvan la Ciudad y anunciando que el tiempo de los comunes va arribando… feroz como la filosofía de rimbaud.

Julián Camilo Arana Moreno
Colectivo popular al timón
Tejido de acción y lucha popular pal barrio

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